TEXTOS

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CAMBIARON LAS CONDICIONES

Hasta ahora la tarea central de los arquitectos ha sido bastante clara. Proyectar edificios y dirigir su ejecución; ordenar y generar paisajes urbanos; incluso transformar espacios interiores para caracterizarlos de alguna manera, o para dejarlos listos para ser habitados y personalizados por sus usuarios. También los objetos de la vida cotidiana –desde un cenicero a una lámpara- han sido tratados y transformados por los arquitectos, reinventados muchas veces, incorporando nuevas formas y materiales para responder a las nuevas maneras de vivir y de relacionarse con las cosas de una sociedad en permanente evolución.

Imagen artículo TRAM 01fotografía: Pablo Pacheco Conesa

Para ello, y para obtener un resultado convincente, había que contar con una mínima complicidad de propietarios y promotores –públicos o privados- , bien de suelo, bien de capital financiero, que posibilitara los procesos y favoreciera los objetivos.

La progresiva evolución de los modelos económicos liberales, en sociedades como la nuestra, hacia un desmedido crecimiento de la producción y, en consecuencia, de la rentabilidad ha venido derivando en una deficiente calidad constructiva generalizada, básicamente en la promoción privada. En cuanto a la pública, el intenso interés del sector político por rentabilizar a corto plazo los proyectos que acomete, ha producido una compleja situación, debida entre otras cuestiones a la falta de recursos, donde las empresas constructoras se están convirtiendo en agentes financieros de las grandes -y no tan grandes- intervenciones. Las ingenierías, a modo de grandes empresas de producción, están protagonizando la adjudicación de los encargos más relevantes de las ciudades, y el cuidadopor la calidad de las cosas se ha venido desplazando a la búsqueda de objetivos compatibles con las estructuras de mercado que se han ido desarrollando.

Y cómo perciben los ciudadanos el escenario que se presenta resulta también un asunto a tratar. Precisamente las obras de infraestructuras, poco consideradas muchas veces por los usuarios mientras funcionen, son las obras que definen con precisión el estado de bienestar de las sociedades. La atención amplia y completa que requiere su concepción y ejecución ha de responder a requerimientos funcionales, pero también a otras cuestiones básicas como el respeto al medioambiente, la creación de espacios urbanos de calidad, la adecuada relación con el medio donde se insertan, etc. Un amplio cuadro de variables que requiere de la adecuada colaboración ingeniería-arquitectura-colectivos ciudadanos, para acometer con responsabilidad tan relevantes asuntos.

La integración por tanto en la ejecución de las obras que aquí se exponen de esos tres frentes, ingenierías/arquitectos/colectivos ciudadanos en una compleja, pero eficaz, coordinación con la dirección y los técnicos de gestión de GTP nos ofrece unos resultados que, a mi juicio, están suponiendo, a la vez que una excepción singular en este tipo de procesos, una referencia ejemplar de cómo afrontar unas obras tan determinantes para la sociedad.

 La red TRAM en el área metropolitana de Alicante, a lo largo de su trazado, afecta zonas muy diversas, con muy diferentes problemas y factores a considerar. Recorre un área de gran valor paisajístico a su paso por La Sangueta, una zona muy vulnerable donde confluye la ladera Sur de la Serra Grossa por un lado, con un desconocido interior de gran valor patrimonial como arqueología industrial, con la presencia del frente marítimo, con todo lo que ello implica en cuanto a formación de un paisaje urbano de primer orden para la ciudad; se introduce bajo rasante en el  Marq, donde se encuentra la ladera Norte del Benacantil cerrando la ciudad por ese arco; sigue hasta Mercado, ofreciéndose en un cruce urbano de gran actividad pública;  continúa hasta Luceros, hito urbano de gran referencia lúdica y popular; se desvía hacia la universidad sobre rasante, donde ha de resolver interferencias de tráfico peatonal y rodado, ser puerta de acceso y referente urbano, lugar de encuentro, etc.

Las delicadas cuestiones a resolver tales como el efecto barrera o inseguridad vial cuando transcurre sobre rasante, como es el caso del Bulevar del Plá y el de la carretera de San Vicente, conducen a considerar en cada caso un conjunto de variables específicas cuyas condiciones han de participar en la formalización del resultado.

 La actitud con la que se acomete cada acción puede convertir una operación rutinaria en oportunidad única para, una vez interpretados y jerarquizados los datos que intervienen en cada caso, hacer ciudad, completar y dotar ésta de unos espacios públicos cualificados y útiles que pongan en valor los elementos de calidad existentes, además de resolver los problemas de transporte que se pretende.

 La estrategia decidida en este caso por GTP para las intervenciones previstas ha sido ambiciosa y eficaz, considerando las condiciones de trabajo a que se ha hecho referencia anteriormente. Ha habido un fuerte compromiso urbano y social, apostando por la implicación de arquitectos junto a las ingenierías adjudicatarias y de los sectores sociales afectados, que se manifiesta de manera contundente en los resultados que aquí se exponen.

 El valor de cada proyecto deriva de las condiciones del lugar y no de un concepto idealizado en sí mismo o de una actitud meramente funcional. Y lo más importante: en cada proyecto, la acción a desarrollar siempre ha superado la estricta operación ferroviaria y ha ampliado su campo de acción extendiéndolo a todo un ámbito de influencia, integrando todos los elementos urbanos intervinientes y aportando nuevos espacios colectivos. Todos los proyectos superan el programa predeterminado cuando, al observar y analizar el contexto físico donde se implantan, ofrecen soluciones que no porían haberse realizado en ningún otro lugar. Estrategia frente a programa ha sido la opción. 

  Y cuando se trata de una parada tipo, que ha de reproducirse en diferentes contextos, entonces se opta por una pieza neutra, que evita la singularidad y se aleja de formalizaciones llamativas para obtener con discreción, eficacia y elegancia los resultados que se pretende: proteger, señalizar, informar, acoger…

 Observando con mayor detenimiento los diferentes tipos de intervenciones podremos hacernos una idea más precisa de las cuestiones que estamos señalando.

 En el caso de la Estación Luceros, de carácter más sensible en cuanto a su afección urbana en superficie, puesto que se opera en un lugar con fuertes connotaciones para la ciudad, la simple operación de repavimentar a base de potentes y resistentes piezas de granito, limpiar, sanear, renovar arbolado deficiente y, en definitiva, únicamente incorporar los elementos necesarios -bocas de acceso a la estación- supone a mi juicio el claro ejemplo de un entendimiento ajustado a lo debe ser una actuación de carácter infraestructural. Me permito citar a Jane Jacobs para explicarlo mejor, “En sí misma, la acera urbana no es nada. Es una abstracción. Sólo tiene significado en relación con los edificios y otros servicios anejos a ella o anejos a otras aceras próximas. Lo mismo podríamos decir  de las calles, en el sentido de que sirven para algo más que para soportar el tráfico rodado. Las calles y sus aceras son los principales lugares públicos de una ciudad, sus órganos más vitales. ¿Qué es lo primero que nos viene a la mente al pensar en una ciudad? Sus calles. Cuando las calles de una ciudad ofrecen interés, la ciudad entera ofrece interés; cuando presentan un aspecto triste, toda la ciudad parece triste”.

 Trato de destacar especialmente la relevancia de los espacios exteriores acentuando el hecho, muchas veces olvidado, de que los arquitectos no sólo construyen edificios, objetos y espacios interiores como se expresa con frecuencia. Los vacíos, los espacios exteriores, la compleja realidad urbana, son objeto de interés primordial, o deberían serlo, por parte de todos los agentes que intervienenen la construcción de la ciudad.

 Y si nos detenemos en las operaciones de interior, véase Estación Mercado y Estación Luceros, de nuevo nos encontramos estrategias donde, además de responder eficazmente mediante espacios de gran calidad a las solicitaciones que se precisan, se está ofreciendo, en ambos casos, un plus de acontecimientos para la vida misma que multiplica exponencialmente las potencialidades de cada una de las estaciones. Tanto en Mercado, con una sala de actos todavía sin desarrollar, como en Luceros con espacios donde se introduce mágicamente la luz natural acompañada por la presencia del monumento exterior, acondicionados para usos lúdicos, comerciales o culturales, se habrá impuesto -una vez concluidos- un modelo que supera ampliamente el programa previo y ofrece abiertas posibilidades urbanas para la ciudad. Con todo ello Alicante está saliendo del estancamiento a que se ha visto dirigida durante las últimas décadas y está caminando con determinación hacia un futuro más alentador que la acoge como ciudad con todos los atributos.

 Las condiciones de oportunidad se han investigado con mucha atención en cuando ha habido ocasión para ello. Un mérito que necesariamente hay que valorar puesto que incluso se ha ofrecido por parte de GTP la posibilidad de concursar a los arquitectos para resolver determinados problemas urbanos y patrimoniales que, entroncando con el trazado ferroviario, podían aportar y rescatar nuevos valores y usos en áreas abandonadas. Es el caso del concurso -todavía no ejecutado- de la estación de La Vila y su entorno.

Resulta realmente meritorio el hecho de fijar la mirada en un lugar marginal, situado en la periferia de la población, con dos edificaciones ferroviarias en desuso y evidentes signos de degradación, tanto paisajística como patrimonial, cuando lo habitual hubiera sido poner acentos en lugares de mayor presencia mediática.

Aquí se ha dado un gran paso que en el futuro próximo favorecerá la incorporación a la ciudad de un nuevo espacio público, con una interesante dotación patrimonial que sin duda situará a sus habitantes en un estadio superior.

 Como es el caso del concurso convocado para la parada de la Universidad, donde se dispondrá en breve, además de la posibilidad de un transporte rápido, cómodo y eficaz para los usuarios, de un nuevo lugar que sumará enormes potencialidades a las ya reconocidas cualidades del campus universitario de San Vicente.

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 fotografia: Pablo Pacheco Conesa

Una parada, en principio entendida por la mayoría de concursantes como simplemente “una parada”, es decir un techo y poco más, persiguiendo seguramente el valor de impacto del objeto, ha devenido en este caso en algo muy diferente. Se ha conformado un nuevo paisaje, articulador de todos los usos que allí confluyen y que podrán confluir en el futuro. Se ha construido un gran techo, cuya dinámica forma conduce con elegancia todo un fluir de situaciones diversas que se puedan presentar. Todos los elementos que allí se encuentran cobran sentido y aparecen, mediante una materialidad con fuerte signo ferroviario, en la forma y medida que se requiere con toda naturalidad. Se ordenan los vacíos, se articulan los elementos existentes, se organizan los recorridos peatonales y viarios, se da forma a la puerta de acceso, en resumen, una aportación comprometida y consistente que refuerza con solidez el carácter del campus alicantino.

 Y esas condiciones de oportunidad aludidas se han atendido con gran firmeza en todas las intervenciones, hasta en la que mayores dificultades presentaba a mi juicio. Me refiero a la obra del Tram a su paso por la Sangueta.

 Aquí puede pasar más desapercibido para el ciudadano el excelente trabajo que se ha realizado para resolver el paso del tranvía, previendo futuros usos para el área una vez se resuelva el acondicionamiento de los depósitos enterrados que pertenecieron a “La Británica”. Un trabajo milimétricamente estudiado y resuelto, donde ocurre lo que muchas veces nos transmite el deportista de élite cuando percibimos que ha sido fácil lo que realmente resulta extremadamente difícil, cuando parece que lo excelente no ha costado ningún esfuerzo. Y es que ahí radica el mérito de lo elegante. Cuando no se llama la atención sobre las dificultades que se han superado, cuando no percibimos a primera vista el complejo trabajo que ha requerido un resultado aparentemente tan sencillo y claro. 

Un mundo desconocido se nos descubre y se ofrece a nuestra disposición. Se nos está alertando sobre algo importante que existe allí adentro de esa montaña, convertida en cantera en su momento, y que ahora no deja de ser un paisaje con una gran potencia plástica que oculta en su interior potencialidades todavía por explotar. Allí el tranvía discurre como parte del paisaje, equilibrando un territorio litoral que de repente se nos acerca y nos invita y acoge.

 Dentro de la heterogeneidad urbana con la que el tranvía avanza, nos encontramos también con el caso de las prolíficas rotondas, que con tanta asiduidad vienen ocupando insistentemente el territorio. Esas rotondas donde habitualmente nada ocurre, donde su tratamiento como islas organizadoras del tráfico ha devenido en una ocupación como base residual para emplazamiento de “obras de arte”, escenografías urbanas o espacios a ornamentar,  han sido objeto asimismo de mirada singular mediante la estrategia de generación de vida urbana en el más alto grado posible.

 Nos referimos a las paradas de Sergio Cardell y Holanda, donde se producen espacios urbanos altamente cualificados y de gran estímulo visual. Espacios dinamizadores de la vida ciudadana que transforman absolutamente la naturaleza y el sentido de esas piezas a-urbanas convirtiéndolas mediante la integración humana en verdaderamente urbanas. La incorporación del tejido social se produce por el hecho físico de situarse en ellas la parada del tranvía, y se refuerza con potencia con el tratamiento intencionado de su entorno para el uso de las personas, para su estancia y disfrute.

En ambos casos, aunque de diversa naturaleza, se trata de entornos carentes de especiales cualidades, barrios de reciente desarrollo, cuyo rápido crecimiento no ha permitido caracterizar sus contextos. Algo sustancial ha ocurrido en ellos al dotárseles de una nueva red de transporte, pero no ha sido sólo el transporte lo que ha mejorado sus expectativas, han sido indudablemente además las nuevas capacidades adquiridas con las estrategias de incorporación de esa red.

 En otro orden de actuaciones, los trabajos de suelo propiamente dichos como son los trazados correspondientes a la Línea 2 merecen asimismo ser destacados -o muy destacados- en cuanto que responden con acierto a los contextos en que se realizan y se encuadran absolutamente en el tipo de intervenciones incontestables que aquí estamos valorando. Mediante la adecuada elección de sistemas, materiales y vegetación, con un emplazamiento viario de mínimo impacto ambiental, alentado por la participación ciudadana y una atención técnica sensible a la  heterogeneidad del territorio, se ha sabido identificar las oportunidades implícitas en cada caso integrando con gran solvenciaun trazado que minimiza los efectos habituales de este sistema de transporte. Calle, espacio público y transporte conviven connaturalidad y aquí comprobamos con satisfacción que resulta no sólo posible sino enriquecedor.

“En 1984 Secchi escribió en Casabella un artículo titulado “Le condizioni sono cambiate” (Las condiciones han cambiado), donde hacía referencia a una serie de nuevos fenómenos en las ciudades europeas -fin del crecimiento urbano, descenso de la población, desmantelamiento industrial, terciarización-, fenómenos bajo los cuales yacía la radical mutación que estaban sufriendo la sociedad y la economía en su tránsito hacia el tardocapitalismo. Para Secchi había un fenómeno que era crucial en esta nueva situación: Las intenciones proyectuales de la urbanística y la arquitectura moderna están basadas en el crecimiento pero la ciudad ya no está en expansión y hay que reutilizar la ciudad existente habría que “abandonar las grandes realizaciones sobre el mapa, los grandes signos arquitectónicos e infraestructuras sobre el territorio, actuar sobre las áreas intermedias, sobre los intersticios, sobre las comisuras entre las partes duras…”[213º7aj,

La ciudad de Alicante y su área metropolitana puede adecuarse a unas nuevas condiciones. Las actuaciones aquí reseñadas lo evidencian. Una nueva red de transporte, cuya ejecución ojalá prosiga en correspondencia con las necesidades reales de sus habitantes, se pone en funcionamiento y con ella operaciones urbanas fragmentadas que se ajustan a las condiciones asumibles por sus usuarios. El avance lento del paso corto, pero firme, que funciona y resuelve, construyendo la comunión entre el ciudadano y su medio.

Lola Alonso, arquitecto

 1.       Jabe Jacobs. Muerte y vida de las grandes ciudades.      Ed.Península. Madrid 1973

 2.       Carlos García Vázquez. “Ciudades hojaldre”. Visiones urbanas del s.XXI. GG 2004

 Publicado en “ARA.TRAM” 2007-2011

 Infraestructura de Transporte en Alicante: EL TRAM

Papeles de Arquitectura S.L.

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CLIMAS FERTILES

 Sucede inevitablemente que, a lo largo del tiempo, nos vamos orientando hacia unas dedicaciones y no hacia otras. Probablemente lo hacemos guiados por la intuición cuando somos muy jóvenes. Probablemente también, seducidos por aspectos de la realidad que tienen que ver con nuestra particular sensibilidad y, es seguro, conducidos por nuestras propias capacidades y habilidades. Ello nos lleva a preferir aquello para lo que estamos más dotados y desestimar aquello otro para lo cual somos menos aptos de manera natural. El estar más dotado para algo determinado y el comprobar que lo hacemos bien, o relativamente bien, produce una satisfacción interior que progresivamente nos va afianzando en ese quehacer sucesivamente.

 Supongo que,  como tal vez ocurre con otras disciplinas no fácilmente comunicables, el interés por la arquitectura empieza a producirse de forma casi velada, junto a otros intereses más amplios por el conocimiento, desde temprana edad, a raíz de la atracción que producen determinados ambientes físicos que chocan de alguna manera con otras realidades más convencionales. En ese sentido,  en una ciudad como Alicante y en los años 60, resultó notablemente valioso para muchos de nosotros poder conocer de cerca dos obras de arquitectura absolutamente excepcionales en ese momento: el colegio Santa Teresa de Rafael de la Hoz, y el CESA de Juan A. García-Solera, ambas, curiosamente muy próximas, en Vistahermosa, barrio residencial a las afueras de la ciudad.

 Situándonos en el contexto aludido, resulta singular la significación pública de un centro de enseñanza como el CESA. Un centro de carácter religioso que sin embargo es capaz de producir una atmósfera completamente desprejuiciada; un ámbito donde, a la vez que el sonido de los pinos que lo enredan,  se siente un intenso aroma de libertad que seguramente desafía los hábitos todavía caducos de los organismos que los rigen en ese momento; donde la riqueza y multiplicidad  de actividades que propicia se convierte en paradoja de una formación altamente clasista y provinciana; donde una realidad diferente se hace posible… y ante esa realidad posible, todavía de forma inconsciente, se provoca una cierta convulsión y un extraño modo de identificación muy confuso…. .

 Sensaciones que perviven en la memoria y se van difuminando vagamente, sin perder en cualquier caso la condición de experiencia emocional que va encontrando con el paso del tiempo otras significaciones más precisas.

 Tal vez mi ingreso en la escuela de arquitectura de Valencia, unos años más  tarde, tuviera algo que ver con aquellas impresiones; tal vez alguna capa de mis limitadas cualidades se alimentara con aquellos encuentros. He perseguido en mi quehacer profesional llegar a conseguir ese clima fértil; he tratado de generar en algún momento esa condición de libertad, quedándome seguramente muy lejos de conseguirlo; pero lo que sí puedo asegurar es la certeza que ha producido en los que hemos tenido la oportunidad de disfrutar esas sensaciones, de que aquellas obras, con toda seguridad, respondían a unos requerimientos tan básicos, y a la vez tal esenciales, que inevitablemente han impregnado una determinada manera de hacer arquitectura.

 Lola Alonso Vera

 Enero 2005

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  LUGARES PARA EL AZAR   2005

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Por estos sitios hace sol, es lo habitual la mayor parte del año, y acostumbrados a él nos vamos acomodando en nuestros quehaceres diarios. Nos abandonamos a su penetrante calor durante el invierno y nos protegemos de su peso en verano al abrigo de una generosa sombra. El amparo de una buena sombra; el placer de sentir la brisa del mar sobre la piel; el disfrute de poder contemplar, sin obstáculos, el suave movimiento de las embarcaciones; la aventura de descubrir aspectos inéditos de la realidad que nos rodea pero se nos oculta demasiadas veces; son condiciones de las que se nutre esta pequeña construcción sobre el agua para, sin darnos cuenta, dar ocasión y posibilidad de que todo aquello imperceptible pueda manifestarse de manera natural.

 Mercedes y Antonio se ocupan de todo. Atienden con cuidado pero sin abrumar, incluso nos deleitan con improvisadas interpretaciones de chelo los domingos… y están orgullosos de lo que ofrecen porque ellos mismos lo disfrutan.  Si hace frío saben que en el rincón de terraza detrás de la barra se estará mejor y por la tarde, que el sol ha dado la vuelta y calienta por el lado opuesto al mar, disponen sillas invitando a quedarse junto al paseo.  Están atentos a la gente, como lo está el Noray, que no desea grandes cuidados y ofrece su vulnerabilidad en cada instante para acoger situaciones que son las que completan su verdadero sentido.

 Lugares que se miden en su relación con las personas, por las experiencias que provocan y por las parcelas de libertad que desarrollan. Llegar a diluir suavemente su presencia, ajustando con precisión cada elemento y las relaciones entre ellos, es tarea que requiere de la participación convencida y de la destreza de muchas manos cuyo trabajo, las más de las veces queda oculto, pero sin embargo permanece para siempre. Conseguir que los detalles no tengan importancia, pasen desapercibidos pero cumplan una importante función, la de permitir que se genere un determinado lugar que sin saber muy bien por qué contiene un carácter especial.  Provocar que lo que vemos, las formas que se nos ofrece, solo lleguen a ser un vehículo que ayude a generar ámbitos de actividad, una materia dispuesta de tal manera que olvide su presencia para confundirse con los acontecimientos.

 De todo ello trata una determinada arquitectura que ha escapado de pretensiones individualistas para situarse en los espacios del uso, en la escena del tiempo, y así incorporarse a la red de circuitos que con gran consistencia acaban definiendo la ciudad para sus habitantes, esa ciudad que todos reclamamos como escenario de acontecimientos y sorpresas, como lugar para el azar, como ámbito de lo imprevisible, lo intenso y lo oculto.

Publicado en “CONSTRUYENDO BARCOS”

Papeles de Arquitectura

Arquitectos de Cádiz

2005

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MOMENT0S DE INCERTIDUMBRE

Cuando se me propuso por parte de la revista VIA la redacción de este comentario, para incluir en la edición de un monográfico sobre el PFC en las diversas escuelas españolas, coincidió con un momento en que en la Escuela de Arquitectura de Alicante, escuela todavía en sus inicios, sin experiencia en este nivel de proyectos y donde el curso próximo ya debemos plantear nuestra propuesta para desarrollo del PFC, empezábamos a discutir lo que debía o no ser el Proyecto que confiere la calificación y la titulación al futuro arquitecto. Pensé por tanto que podía ser una ocasión excelente para incidir en la reflexión que nos llevaría a plantear el modelo mas conveniente para nuestra docencia.

Escribir sobre ello me ayudaría a ordenar y traer al pensamiento las apreciaciones vagas o intuiciones que de alguna manera se escondían en algún sustrato de la memoria mientras la variada actividad diaria se ocupaba de que otras cuestiones acudieran a protagonizar nuestra dedicación.

 Empezar por lo que comúnmente se  considera el PFC, analizar lo que parece claro que no debe ser dado los resultados que se producen, y a partir de ahí incorporar posibles alternativas para enriquecer los objetivos, sería un medio de abordar la tarea. Y comprobar que va ocurriendo. Pensar en la esencia de nuestra tarea como arquitectos y en lo que resulta más imprescindible como conjunto de contenidos que debe aprehender el alumno para dar por finalizada esa fase de la enseñanza.

Una cuestión relevante sería la que llevaría a preguntarse ¿qué ocurre con la arquitectura, y qué con el arte?, cuestión que se repite constantemente porque siempre permanece abierta, y cada vez que se trata de responder  vuelve a aparecer de nuevo la pregunta infatigable….

Si el objetivo de la arquitectura es la obra con una realidad física materializada que tiene que ver con la esencia de lo humano en cuanto” ser que habita” (en el sentido del “habitar poético” que introduce Heidegger), parece que debemos pretender en el futuro arquitecto la excelencia de un poder, un poder que vale porque edifica, de acuerdo con unas leyes y no en un lugar intemporal fuera del mundo, sino aquí y ahora, de acuerdo con un objetivo final “la realización de una obra, la construcción de un mundo, o incluso, de este mundo verdadero donde solo la libertad permanece” *

Y en esa realización se dice del hombre que es creador, creador de una nueva realidad que abre en el mundo un horizonte mas amplio, no una posibilidad cerrada, sino que por ella, la realidad bajo   todas sus formas se despliega.  También creador de sí mismo en aquello que crea. A la vez, artista enriquecido por la experiencia de sus obras, distinto de lo que era gracias a su obra; a veces agotado y moribundo en esa obra que solo vive gracias a ello. *

Se entiende habitualmente que el PFC tiene como objetivo validar la capacidad del alumno para ser arquitecto, para ejercer ese producir que modificará la realidad mediante un ejercicio que le exigirá permanente trabajo, disciplina y estudio, por tanto si esto es así debemos poner en cuestión si realmente la capacidad que muestran los alumnos en sus proyectos realmente les hace valedores de ese poder para transformar la realidad. Si la esencia de la arquitectura radica en la obra construida, y sin ella no se produce su realidad, parece que se produce un vacío sustancial entre la experiencia que ejercita el alumno en las escuelas, y en consecuencia en su trabajo final, carente de ejercicio material absolutamente y aquello para lo que parece que estamos validando su capacidad operativa como arquitectos, como sujetos autores de una obra de arquitectura.

Una experiencia distinta a la habitual en las escuelas que incorporara un acercamiento al proceso de materialización en la ejecución del proyecto, ligado con una participación natural de todas las circunstancias que condicionan ese quehacer y que forman parte del caudal material con el que se produce la obra, encadenaría una concepción distinta del PFC, mas próxima a la que buscamos.

Sabemos de las dificultades a que nos enfrentamos si pretendemos incorporar esa realidad a las tareas académicas pero al menos hay que plantearlo y reconocer que los alumnos de las escuelas de arquitectura, a no ser que su aprendizaje se haya completado desde otras esferas ajenas a la docencia, no están suficientemente capacitados para lo que se supone se les capacita.

La arquitectura la entiendo como una actividad creativa que necesita de su materialización para afirmarse como realidad, y el estudiante necesita de la transmisión de un determinado acercamiento a  esa materialización para comprender como arquitecto una actividad a la que debe amar, y dificilmente podrá hacerlo si desconoce un aspecto fundamental de su esencia: “La obra es eminentemente eso de lo cual está hecha, es lo que vuelve visible y presente su naturaleza y su materia, la glorificación de su realidad, del ritmo verbal del poema, del sonido de la música, de la luz hecha color en la pintura, del espacio convertido en piedra en la casa.” *  

 La arquitectura como actividad creativa que transforma la realidad física solo se realiza mediante una suerte de riesgo, apartando lo evidente y lo mas fácil para asumir una posición inestable en la que se apuesta fuerte, siendo que esa apuesta puede ser un error. Y la constatación de ese acierto o error solo se produce verificando la realidad del proyecto, y así entiendo que se produce el aprendizaje inconcluso de la arquitectura. Y no solo el aprendizaje sino la verdadera relación entre el autor y su trabajo, relación que puede abrir grandes espacios de encuentro y luz pero también conducir una oscura inestabilidad dominada por la vacilación y el extravío, hundimiento o ausencia de fundamento.

Y sin embargo “el error nos ayuda” dice Blanchot, y dice también René Char “Que el riesgo sea tu claridad” y nos preguntamos cómo puede ocurrir esto y sucede que ese camino hacia el error nos revela el disfraz de lo auténtico, y encadena de nuevo hacia la búsqueda de la certeza.

 

El espacio de la arquitectura está representado en la obra, y la experiencia de un acercamiento a su realización sería el próximo objetivo a considerar en relación con el PFC y con la validación del alumno para el ejercicio de la arquitectura.

 

Otro cauce de acercamiento al problema del PFC tiene que ver con el contenido del proyecto y con la valoración de ese contenido. Que aspectos del contenido del proyecto son los que le confieren dimensión suficiente para refrendar la capacidad del alumno en esa esfera del producir. Tal vez la única condición que realmente opera decididamente es la educación del gusto, el gusto como categoría de juicio que se adquiere gracias a la familiaridad y a la proximidad, gracias al conocimiento y gracias también a las relaciones que se establecen en la esfera de las imágenes, de la cultura que vivimos, y la explosión de esa evidencia que produce la directa sensación visual ligada a esa posibilidad de libertad que confiere el entendimiento del habitar desentendido de figuras aprendidas. Cuando estas condiciones se nos presentan no se precisa ningún juicio añadido, cuando el alumno se desenvuelve próximo a esa música descubre una fascinación que trasmite en su ejercicio; ya no exige que todos los juicios estén presentes como agentes de control de la razón para tranquilizar su conciencia, se encuentra dominándolos a todos, y todos le son favorables. De aquí el estéril  y denso esfuerzo muchas veces recurrido de tantas y tantas explicaciones teóricas para sostener proposiciones que solo por esta vía tienen la oportunidad de certeza, y cuántas buenas intenciones se resuelven frustradas siendo su bondad moral insuficiente para justificar la inconsistencia espacial.

 

La categoría de lo indeterminado también aparece como ámbito donde el proyecto se abre camino, y hace suya esa reflexión enunciada por Leopardi…”El hombre proyecta su deseo en el infinito; solo siente placer cuando puede imaginar que aquel no tiene fin. Pero la mente humana no concibe el infinito y se refugia en lo indefinido, que combina sensaciones conocidas produciendo la ilusión infinita”. La exactitud y la indeterminación  serían cualidades indispensables en el proceso del proyecto, una precisión hacia la definición que nunca terminaría de concluir, defectos a su vez que transforman lo infinito en lo indefinido.

 (*)

A este respecto se refiere M.Blanchot en “El Espacio Literario”, ed.Paidós. 

Artículo publicado en la revista VIA-Arquitectura PFC  2002

Papeles de Arquitectura

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 DIARIO”INFORMACIÓN” DE ALICANTE, Agosto 2003

2003-TRAM

 

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BAJAS PASIONES/ALTAS MIRADAS

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Una figura de mujer de 20m. de altura emerge esplendorosamente a través de otras figuras más pequeñas, alegorías de esas bajas pasiones que el autor ha tratado de mostrar. Las pequeñas son ninots convencionales que identificamos rápidamente con la producción habitual de las Hogueras de Alicante de cada año, pero la principal resulta ser de una calidad en la concepción y ejecución completamente inusual en este tipo de obras, si no tenemos en cuenta algunas de las Hogueras Experimentales de años atrás. El hacer públicas estas líneas obedece a la necesidad de resaltar y valorar esta agradable sorpresa.

Hasta ahora existían dos tipos de autores de Hogueras, los que repetían mecánicamente, con mayor o menor fortuna, fórmulas ya experimentadas, y los que, basándose también en concepciones tradicionales, trataban de ser algo más arriesgados aportando algún ingrediente nuevo, aunque siempre dentro de los cánones y lenguajes tradicionales.

A partir de este año, y gracias a Manuel García y a la Comisión de la Hoguera Hernán Cortés, se abre un espacio para un tercer tipo de autores, aquellos cuya mirada se eleva por encima de lo más recurrido y busca otra forma de expresión que quiere comprometerse  con la sociedad de la que surge, una sociedad nueva, exigente, dinámica, compuesta por individuos que desean evolucionar.

 Nos parece de gran valor una opción que apuesta por el riesgo dentro del ejercicio correcto de la construcción y de la ejecución  cuando determina implantar una figura única, de gran esbeltez, que inclina decididamente su eje vertical manifestando una firme intención de movimiento. Y con ese objetivo incorpora un material único, la madera, trabajada de forma que consigue captar con gran precisión ese instante previo al lanzamiento, incorporando al cuerpo una gran tensión, que ayudada por la transparencia y la superposición de estratos materiales, llega a conformar una obra admirable.

La fuerza de la propuesta, el esfuerzo de la imaginación y la calidad de la ejecución, libres de ataduras y prejuicios, libres de ortodoxias, enriquece y da consistencia a una imagen en movimiento congelada en un instante de tiempo.

Se trata de una ocasión excepcional, porque se trasgrede y rompe con una manera de hacer ya gastada, aportando una obra nueva y actual, impregnada de otras referencias y  que responde a otras intenciones y sensibilidades. En estos casos la cultura se engrandece: Manuel García nos ha deleitado con la otra cara de la realidad, la cara del presente, y nos ha descubierto el potencial creativo que pueden llegar a tener una fiestas tan  nuestras.

Este escrito quiere ser un reconocimiento, que no supo hacer en su momento el Jurado Oficial, a Manolo García y a la Comisión de la Hoguera Hernán Cortés, que nos han regalado la experiencia de una vivencia reveladora. Gracias por ello.

LOLA ALONSO VERA   2002

COLEGIO DE ARQUITECTOS DE ALICANTE

VOCALIA DE CULTURA

Este artículo fué publicado en el Diario “Información de Alicante” en 2002

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MONOGRAFÍA: JUAN VIDAL RAMOS, arquitecto

Colegio de Arquitectos de la Comunidad Valenciana, 1986

01

 

 

 

 

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